Él levantó la cabeza lo más que pudo
y trató de enfocar la imagen de su mamá,
parada junto al lavaplatos. Tenía
puesta su bata de levantar y
el delantal de cocina encima.
Los primeros rayos de luz la iluminaban
por detrás, desde la ventana, y la hacían verse
un poco chascona. Pero era su mamá, y para él era
la más linda y buena del mundo.
—Sí, mamá.
Ella sonrió.
—¿Sí qué? ¿Sí, quieres ir a dormir un poco más, o sí,
estás decidido a tu aventura de cazador?
—De pescador —la corrigió.
—Bueno, de pescador. ¿Pero acaso un pescador no es un cazador de peces?
Ahora fue Mauricio quien sonrió, al mismo tiempo que tomaba el primer sorbo. Sabía que en realidad no era exactamente lo mismo, pero aún tenía su cerebro muy dormido como para razonar. Además, sabía también que ella sí entendía la diferencia, pero que estaba haciéndole una broma. Las mamás pueden ser muy tiernas, pero sus chistes son los más aburridos del mundo.
3
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Antes de salir, revisó por última vez su
equipo de pesca. Primero: el tarro grande de café,
vacío y sin la etiqueta por supuesto, que serviría
de carrete. Segundo: suficiente hilo y varios anzuelos.
Tercero: el tarro chico de café, donde tenía guardadas las carnadas. Le había hecho varios agujeros a la tapa con
un clavo, para que los gusanos de tebo pudiesen respirar tranquilos. Cuarto: el balde para echar los pescados. Quinto, sexto y séptimo: zapatillas y calcetines de repuesto por si se mojaba, dos panes de jamón y queso, y la parka “porque a esta hora todavía está helado”. Metió en la mochila estos últimos cachivaches, cortesía de ya saben quién, cerró todos los bolsillos y se la puso al hombro.
Efectivamente, al final nadie del curso había querido acompañarlo. Porque era demasiado temprano, porque a esa hora en el río Porrazo soplaba un viento congelante, porque no iban a pescar nada...
—Puras excusas —pensó al emprender el paso—. ¿Cómo saben que no van a encontrar peces si ni siquiera prueban suerte?.