A Mauricio siempre le había encantado el olor a pan tostado,
especialmente en la cocina, al desayuno. También el de la leche
caliente con chocolate. Le había dicho a su mamá que él mismo se
las iba a arreglar en la mañana, que no se preocupara. Ella se levantó
de todas formas, de hecho fue ella quien apagó el pitido del reloj
despertador, mientras él estiraba el brazo buscando a tientas
sobre el velador.
Le gustaba dormir tapado entero, dejando un mínimo túnel para poder respirar, aunque también, a veces...
—¿Mauricio?
Al escuchar nuevamente la voz maternal regresó al mundo
de los despiertos. Su cuerpo funcionaba en cámara lenta,
y por suerte, porque mientras divagaba, se había ido agachando
hacia a la mesa y estaba a punto de meter la nariz en la taza.
Con razón sentía cada vez más intenso el olor a chocolate caliente.
—¿Estás seguro que todavía tienes ganas de ir? Si quieres tomamos
desayuno juntos y después te vuelves a acostar.
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