—Calma, en el recreo te explico todo.
Ahora concentrémonos en la clase.
A Bartolo le costó mucho poner atención.
Estaba nervioso y contaba cada segundo para
que tocara pronto la campana. En cambio,
Sofía se veía muy interesada y tomaba apuntes
en el cuaderno que él le prestó. Al fin sonó el
esperado talán-talán y salieron al patio.
—Qué entretenido es el colegio —dijo ella.
—¿Entretenido? —respondió él—. Bueno,
a veces sí, otras no tanto.
—¿Cuál es tu ramo favorito? —preguntó Sofía.
—Recreo —respondió Bartolo.
Ella sonrió, él quiso hablar de los temas
importantes.
—Bueno, pero cuéntame todo, por favor.
Ya no resisto más.
—Sí, por supuesto. ¿Has visto televisión hoy?
—No —respondió Bartolo, extrañado.
—¿Y has escuchado radio?
—Tampoco —dijo, aún más sorprendido.
—¿Y has hablado por teléfono?
Menos —contestó, ya totalmente boquiabierto, patitieso y turulato.
¿Por qué me haces estas preguntas tan raras?
—Es que hay un problema tremendo, un enredo gigante. Para que
lo entiendas bien tenemos que ir a tu casa ahora mismo.
—Está bien, ¿pero y el colegio?
—Es cierto. Bueno, supongo que comprenderán
que es por una buena causa. Salieron escondidos
y caminaron hasta la esquina, en
donde había una moto estacionada.
—¡La moto-silueta de Oliverio! —exclamó Bartolo.
—Sí, gracias a ella viajé desde la cordillera
hasta acá. Oliverio fue muy generoso en
prestármela. El único problema es que...
—¿Es cuál?
—Es que Oliverio tenía solamente un casco
y se le ocurrió hacer otro comiéndose
la mitad de una sandía y recortando
la cáscara. Si quieres yo uso ése.
—No te preocupes, yo me lo pongo.
Qué divertido, un casco de cáscara. Sólo a Oliverio se le
podía ocurrir.Se subieron los dos a la moto y partieron a toda velocidad.
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