—¡Sofía! —gritó Bartolo.
¡Sí, era ella! ¡Era Sofía! Pero, ¿cómo?
¿Por qué? ¿Cuándo?
Sofía se sentó en el banco junto a Bartolo y lo miró
sonriendo. Él quería decirle mil cosas y hacerle
como ocho mil preguntas, pero las palabras no le
salían. Sólo atinaba a abrir y cerrar la boca.
—Hola —susurró ella.
Ahora sí que Bartolo pudo hablar.
—¡Hola! ¿Qué haces tú aquí? ¿Cómo llegaste?
¿Dónde conseguiste el uniforme? ¡Qué linda te ves!
¿Cómo están Pascual, Valentín y Oliverio?
¿Te presto mi cuaderno? ¿Vienes a buscar
a tus papás? ¿Quieres chicle?
La profesora dejó de escribir en el pizarrón y se dio vuelta.
—Alumno Bartolo, es verdad que dije que todos la
recibieran bien, pero al menos podría esperar
hasta el recreo, ¿cierto?
Todo el curso se rió. Después de un minuto de silencio,
Sofía le habló muy despacio.
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