| Diario El Mercurio, Artes y Letras, 21 de Octubre de 2007 |
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| ¿De dónde surgió la idea de tener una página web y ofrecer visitas a los colegios?, ¿qué beneficios te ha traído? Con toda seguridad influyó mi formación como ingeniero civil. El sitio www.habiaotravez.com es una fuente de realimentación, en donde recibo los comentarios de niños, padres y profesores. Es muy entretenido porque los niños pueden escribirle a los personajes de mis libros, y son los propios personajes quienes les responden. Las presentaciones en colegios son la conexión más directa, es espectacular ver a los niños riéndose a carcajadas cuando les leo fragmentos de mis cuentos o escuchando con los ojos ansiosos por saber qué es lo que va a pasar. Comencé esta «campaña» de promoción el año 2001, cuando decidí lanzarme a la literatura, y hasta ahora van más de 400 visitas, en Chile, Colombia, Argentina y España. Los niños son iguales en todas partes: llenos de entusiasmo y con ganas de pasarlo bien con todo, incluyendo los libros. ¿En quién piensas cuando escribes, en los niños, sus padres o sus profesores? La verdad, en nadie. Hay una especie de lector abstracto, pero en el fondo me escribo a mí mismo cuando tenía, digamos, nueve años. Invento los libros que a mí me habría gustado leer cuando niño. Esto lleva a situaciones interesantes, por ejemplo, con el libro "¡Ay, cuánto me quiero!" había cierta aprensión en Alfaguara con respecto a cuál sería la reacción de los profesores, estaba el razonable temor de que creyeran que la historia podría promover el egocentrismo. El resultado ha sido justo lo opuesto, lo usan muchísimo para trabajar la autoestima. ¿Cuál es el objetivo que buscas cuando te sientas a escribir? ¿Qué es lo más difícil de escribir para niños? Disfrutar, disfrutar y disfrutar. Incluso cuando estoy escribiendo una parte triste o ahora que estoy trabajando en un libro de terror. Es la fantástica intensidad de emociones que sentimos cuando ejercemos nuestra creatividad, y me refiero en todo ámbito, la alegría impetuosa que tenemos cuando se nos ocurre una idea. Yo concibo la creación artística como una celebración. Primero uno prepara con el máximo esmero: la ambientación, la comida, la música. En narrativa esta analogía corresponde a la elaboración de los escenarios, la minuciosa elección de las palabras, la verosimilitud y potencia de los diálogos. Luego, este lector abstracto se hace real, los invitados llegan a la fiesta, el libro es leído. Allí es cuando el texto cobra vida. Una obra artística se completa cuando es apreciada por el receptor. ¿Cuáles son los requisitos esenciales de un buen libro infantil? Los mismos que se aplican a toda la literatura. El principio de verosimilitud se materializa cuando el lector quiere creer. No importa que lo que se cuenta no se parezca a la realidad. De hecho, pueden presentarse situaciones imposibles o mundos totalmente fantásticos, pero si el libro consigue el compromiso emocional de quien lee, entonces se suspende la incredulidad, al punto de llegar a una inmersión completa. El lector se deja llevar por la catarsis del goce estético. A fin de cuentas, un buen libro es una serie de mentiras que nos acercan a la verdad. ¿En qué dosis administras los siguientes elementos: entretención y educación, fantasía y realismo, diálogo y narración? No creo en las recetas, de hecho me fastidian los textos «prefabricados» con temas de moda, pastiches comerciales; o aquellos que buscan adoctrinar a los niños, tratándolos como si fueran tontos. Por otro lado, un buen libro por supuesto que entretiene y también educa, en el profundo sentido de la palabra. Los libros trascendentes son aquellos en donde, una vez que lo he terminado, soy una mejor persona. Con respecto al oficio de escritor, uno juega mucho y ahí está el estilo de cada cual. A mí me gusta establecer una complicidad entre el narrador y el lector. Me encanta cuando los diálogos completan lo que falta en la descripción, o incluso cuando la contradicen. Uso mucho la anticipación, la ironía sutil y el humor absurdo. La gracia de aprender a manejar los diferentes recursos estilísticos y figuras retóricas es lograr que siempre vayan en beneficio de la obra. ¿Se puede hablar de que la literatura infantil en Chile está viviendo un boom? Claramente sí. Me voy a concentrar en tres ámbitos. Lo primordial es el cambio de idiosincrasia que se está dando. Cada vez más gente comprende lo esencial de la relación positiva entre los niños y los libros. El placer de leer. Proponer y no imponer. Los padres saben que los cuentos deben estar presentes desde la cuna e incluso antes, como estimulación intrauterina. La segunda dimensión es la de las cifras, la cuantitativa. Tengo guardada una revista del año 2001 en donde se mencionaba que un autor de libros para niños exitoso, vendía unos 2.000 ejemplares al año. Yo, que publiqué mi primer libro el año 2002, voy a estar un poco por sobre los 20.000 libros en el 2007. Finalmente está la tarea pendiente: la calidad. Aún falta desarrollar el paladar literario, que los padres y profesores tengan criterios de selección más allá del precio. Personalmente, me pone muy contento cuando los niños me cuentan que sus padres y hermanos también han «agarrado» un libro mío al verlos a ellos tan entusiasmados. Mientras más veces es leído un libro, más barato se hace. ¿Por qué no figura en los rankings de libros más vendidos y tiene tan poca crítica? Es una gran pregunta y, como presidente de la Organización del Libro Infantil - IBBYChile, se la hice a don Cristián Zegers en el almuerzo ofrecido por El Mercurio a los «100 Líderes 2007». Él, como director del diario, la recogió, valoró la importancia de la crítica de literatura infantil y reconoció su ausencia, específicamente en la Revista de Libros. Yo confío en la inteligencia y buen criterio de quienes trabajan en el diario, y con esta respuesta busco, por supuesto, ponerles un poco de presión. ¿Qué es más popular, la poesía o la narrativa? He oído que se publica mucha más poesía y se vende mucha más narrativa. En el medio infantil, creo que falta más poesía humorística. En música está el sobresaliente legado de Mazapán. También hay autores que incursionan en esta tendencia, como María Luisa Silva con «El tiburón va al dentista», por ejemplo. Yo opino que no hay nada malo con un poema nostálgico, pero ¿de qué puede sentir nostalgia un niño de siete años? ¿De cuando tenía seis? «¡Ah, cuando tenía seis años las cosas eran tan distintas!». No creo. ¿Cuáles son los subgéneros más apetecidos? Esto da para un artículo completo y yo tengo una visión, en cierta medida, discrepante con la clasificación temática. Más allá de si un libro se trata de extraterrestres o dinosaurios, a mí me interesa las emociones que provoca. Risa, miedo, curiosidad, intriga, romance. Una experta en literatura infantil me contó que una vez, una niña le dijo: «Ando buscando un libro para llorar». A la larga, los libros más apetecidos son aquellos que vinculan nuestra propia experiencia, a través de los sentimientos, con personajes y situaciones presentadas con talento. Como dijo Van Gogh: «El ser humano agregado a la naturaleza». ¿Qué sucede con los clásicos de Marcela Paz y Hernán del Solar, por ejemplo, frente a los nuevos títulos? En la variedad está el gusto. Uno puede fascinarse con la ternura, digamos de «La hormiguita cantora y el duende Melodía» de Alicia Morel o disfrutar de las asquerosidades de «La familia Guácatela». No son posiciones antagónicas. De hecho, un personaje de Alicia, llamado Polita es muy astuta y traviesa, y en el libro mío, Roñoso y Toxina, son un matrimonio profundamente enamorados, a pesar de ser unos mugrientos. Como mencionaba antes, es el tiempo el encargado de dar el veredicto final, pero yo estoy a favor de un amplio repertorio, donde cada niño pueda encontrar sus libros favoritos. ¿La literatura chilena para niños trasciende el mercado local? Es el gran desafío para cualquier persona que tenga la esperanza de poder vivir de los libros. A mí me han dicho: «Bueno, cuando tengas que volver a trabajar de ingeniero». ¿Qué? ¿A qué se refieren? Cuando tomé la decisión de entrar al mundo literario, tenía clarísimo que iba a ser con todo, con todo mi ímpetu, vehemencia y fortaleza. Claro que me sigue gustando la ingeniería y la tengo como pasatiempo, pero a lo que me dedico profesionalmente es a escribir. Para cruzar la frontera: perseverancia y paciencia, ora et labora, como dicen los benedictinos. En España ya se va a imprimir la segunda edición de «Verónica la niña biónica» y después vendrá «¡Ay, cuánto me quiero!», el cual acaba de ser publicado en Colombia. ¿La situación del mercado de libros infantiles en Chile es similar a lo que ocurre en otros países, a una tendencia global? Es divertido ver cómo se cumple el dicho de que el pasto del vecino siempre es más verde que el propio. Un agente literario italiano, que llevó mis libros a la feria de Frankfurt, me decía: «Aquí no es como en tu país, tenemos una crisis muy fuerte de lectura a nivel de niños y jóvenes». ¿Te suena conocido? Como sea, efectivamente hay una positiva tendencia global; a estas alturas, el que siga pensando que la literatura infantil es un género menor, es muy ignorante o no tuvo infancia. ¿Cuán relevante es el factor ilustración? Fundamental. A mí me encantan las ilustraciones. Me gustan los libros ilustrados y los libros álbum. De hecho, estos últimos, en donde la imagen tiene una importancia igual o superior al texto, son la adicción de muchos adultos. Como siempre hay que tener cuidado con las modas. A modo de ejemplo personal: en Francia estuve en una preciosa librería infantil, repleta de libros álbum. Me tomó mucho tiempo llegar a las obras de calidad, y para ello tuve que hacer a un lado un cúmulo de libros mediocres en ediciones de lujo. En el proceso de elaboración de un libro, creo esencial la relación directa entre el autor y quien ilustra. |
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