Un librero con obras de literatura y libros de física, es la paradoja del escritor-ingeniero encarnada en Mauricio Paredes, de 32 años, quien dejó la programación por la pluma. Sin embargo aún es un hombre riguroso, sistemático y que tiene su departamento bastante pulcro, aunque se disculpa, “ahora está desordenado.”

Cuando era niño su mamá lo educó para ver el mundo de una forma distinta, le enseñó a mirar los árboles con nuevos ojos. Entonces, “dejaron de ser  manchas y pasaron a ser seres vivos”, recuerda atropellando sus palabras. Así conoció el asombro, que ahora le permite escribir desde la perspectiva de un niño, lleno de fantasías y deseos mágicos. Como cuando era chico y se mentalizó para hacer volar su cama y pensaba: “vamos Mauricio, que se levante la cama, tú puedes… se está inclinando, se inclina.” No pasó nada, pero mantuvo la idea y la plasmó en “La cama mágica de Bartolo.”

Siempre fue muy imaginativo y, por eso, desde los nueve años quiso ser escritor-ingeniero. Su creatividad lo llevó a la ingeniería, porque desde pequeño no sólo disfrutaba con los juegos de Atari, sino que imaginaba cómo los hacían y cómo mejorarlos, cosas que aún piensa de Windows y otros programas. Esto lo llevó al mundo de la programación y a estudiar Ingeniería Civil en la Católica.

Ejerció como tal durante tres años, hasta mayo de 2001. Entonces fue el momento de la decisión; tenía la oportunidad de quedarse “de planta” en la empresa para la cual había desarrollado un proyecto, o de ser un escritor. Lo había pensado durante años y en abril la idea ya estaba concebida. Tenía sus ahorros, vivía con sus padres y aún no conocía a su señora, “no fue que ella se pusiera a pololear con un ingeniero y se le convirtiera en escritor, sería como el príncipe que se transforma en sapo”. Aunque sabe que ella hubiera estado feliz igual, pero cree que en él siempre hubiera quedado la duda.

De forma prudente y estricta, se dio plazo hasta diciembre de ese año para ver si realmente le gustaba, si en el horizonte se vislumbraba la posibilidad de vivir de eso y si era óptimo de verdad. Es que él es exigente consigo mismo y por eso cree que sí es bueno. “Escribí un libro que se llama ‘¡Ay, cuánto me quiero!’ y por algo será”, dice riendo. Después de haber pensado todo, decidió publicar su novela “La cama mágica de Bartolo”, en Alfaguara.

Él escribe para niños, porque lo que leyó en el colegio lo encontró muy fome y porque tiene la visión de ellos; pero también ha escrito una novela, “El ejercicio de la juventud”, y está planeando un proyecto ambicioso que, según él, no ha visto antes. Este trabajo va en la primera fase del sistema que utiliza el autor. Lo está pensando desde 2001 sin haber anotado nada. “Es muy arriesgado, pero mi premisa es que si se me olvida algo, no era tan importante”, dice relajado. Tiene título y sabe cómo son los personajes, a los que crea pensando en gente que ve en las calles o de la que ha escuchado anécdotas, pero que no conoce. “Porque eso me da mucha libertad”, explica.

Después anota el argumento, de principio a fin, para cambiar detalles sin romper la estructura, preparar las cosas que van a venir y cortar para volver a trabajar como profesor de Literatura Infantil en la Universidad Andrés Bello. La última parte del proceso es escribir; en un libro para niños se demora al rededor de 10 semanas, pero para esta novela que está pensando, requiere al menos un año. Por eso aún no empieza, no tiene el tiempo necesario. “Si me llegara a ir bien y pudiera vivir de esto,  me encantaría poder dedicar uno, dos o tres años a este libro”, cuenta mientras sueña despierto.
Para trabajar en sus otras obras ocupa las vacaciones universitarias. Así escribió “La familia Guácatela”, en la casa de veraneo de su señora, cuando pololeaban y “¡Ay cuanto me quiero!”, en la casa de un amigo.

Trata temas que él considera importantes en su visión cristiana del mundo, como los lazos afectivos, la fantasía y la esperanza. Argumentos interesantes para los niños, sin sentimientos melancólicos,  porque según él, ellos “viven el aquí y el ahora”.


Agustín Donoso
Universidad de los Andes
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